jueves, 28 de agosto de 2014

El centro instintivo.
Introducción.
La función instintiva se asocia con el sistema nervioso autónomo o vegetativo y el hipotálamo junto a otros componentes que pertenecen a una estructura fisiológica compleja. El centro de gravedad psíquico se halla en la parte baja de la médula espinal. Normalmente, este opera sin un control racional y es clave para la supervivencia del organismo. El instinto trabaja de forma estrecha y coordinada con las funciones motora y sexual, estos comparten varios elementos en su constitución biológica.
El instinto se define como un conjunto de propiedades, funciones y pautas fisiológicas que se transmiten genéticamente, y que contribuyen a la preservación de la vida del individuo y de la especie. Este es innato; La supervivencia o conservación de la vida del organismo se rige por ella misma y sus características. Es decir, ésta requiere por definición auto-mantenerse (homeostasis) y el individuo que la disfruta, igualmente, necesita cuidar de ella si no desea perderla. La palabra instinto proviene del vocablo latino “instinctus” que significa “lo que te instiga de dentro”.
En el ámbito psicológico, este centro es poco conocido. Sin embargo, desde la perspectiva del bienestar integral es indispensable prestarle la atención debida para advertir cómo se desenvuelve y aprehender sus propiedades. El ser humano por su inconsciencia influye sobre él de forma inapropiada, altera su funcionamiento natural, provoca efectos indeseables para su salud y erosiona sus asientos vitales.
Este centro se halla presente desde el primer momento de la concepción. El gameto fecundado posee las claves de la vida y estas se desarrollan con una precisión asombrosa hasta la formación completa del futuro bebé. Este proceso de la construcción del ser humano se halla bajo la dirección de este centro. Por consiguiente, en el momento del nacimiento, este centro está prácticamente desarrollado[1] y en los primeros años, el instinto es el eje primordial de la existencia del niño. Este es inherente a la vida. El bebé respira, llora, tiene hambre, mama, digiere,… y, según pasa el tiempo, todas sus experiencias y acciones quedan registradas en el subconsciente.
Cuando este centro no opera correctamente, de modo inmediato, surgen los problemas de salud. El estudio de esta función es vital cuando el estudiante anhela establecer una constitución psicológica que respete el equilibrio de su propio organismo y disfrutar de una vida saludable. El conocimiento de su buen uso evita errores y descuidos que provocan el deterioro del cuerpo y acarrean enfermedades.
El centro instintivo.
El instinto orquesta todos los mecanismos biológicos y recursos vitales necesarios para mantener vivo y sano al organismo. De esta manera, el ser humano desempeña las tareas y actividades que le son propias sin ocuparse directamente de sus constantes y funciones vitales. Por ejemplo: Una persona está sentada cómodamente en su sofá, lee tranquila un libro que le emociona. Paralelamente, el centro instintivo gestiona, la respiración, hace media hora que terminó de comer, por lo tanto, está digiriendo; Sostiene una taza de café con la mano y toma un trago de vez en cuando, al mismo tiempo, escucha música. Todo esto se procesa sin la intervención del pensamiento. Uno no se ocupa de modo voluntario ni racional de recibir y enviar señales hacia los pulmones, bronquios, corazón, estómago, intestinos, vesícula biliar y un largo etcétera. Todo esto es controlado por la función instintiva.
Este centro se encarga: Del aparato respiratorio, sistema endocrino, digestión, sistema excretor, circulación de la sangre, sistema inmunológico, de los sentidos y las sensaciones, etc. Esta función asume todas los procesos bio-químicos del organismo, es autónoma, automática e inconsciente. Esto significa que si alguno de sus componentes no funciona correctamente o sufre una agresión externa, el cuerpo humano se resiente en la medida de su importancia. Asimismo, este daño acarrea una reacción del estado psicológico, anímico, de la persona que afecta su modo de relacionarse con su entorno. El instinto está conectado a los demás centros o cerebros neurálgicos del sistema nervioso: El intelectual y el emocional.
Este centro se caracteriza principalmente por ser el arquitecto de la vida humana. El código genético de cada especie se halla depositado en las células reproductoras[2]. Una vez unidos los gametos, masculino y femenino, se despliega tanto el vigor como la inteligencia de la vida. Todas las características genéticas del futuro ser humano están presentes en el primer instante de la fecundación. La división celular construye los primeros elementos de la transformación biológica que, paso a paso, formará al futuro bebé. Esta acción vital y sabia de la naturaleza instintiva del Hombre es lo que se entiende en el auto-conocimiento como centro instintivo. Este último queda codificado en el huevo o zigoto, elabora el embrión, feto y, finalmente, al bebé. Esta función crea la vida y es su artífice, del mismo modo, que ésta desaparece cuando el instinto vital es incapaz de conservarla. Igualmente, es el eje de los instintos básicos de: Conservación de la vida, maternal, sexual y supervivencia que, en caso de necesidad, surgen del subconsciente.
A consecuencia que, desde el primer instante, la función instintiva impulsa la vida y la sostiene, ésta se aloja en el subconsciente o inconsciente[3]. Este hecho proporciona una estrecha relación entre ambos. El centro instintivo es parte del subconsciente de la psiquis del sujeto, son sus cimientos y sobre éstos se apoya toda la estructura psicológica del individuo.
“Hoy en día, sabemos que el bebé nace con un gran potencial y que está en las manos de sus padres el aprovechar de esa oportunidad en el proceso de maduración del bebé. Para que este potencial se desarrolle al máximo de la forma más adecuada y satisfactoria, el juego es la mejor manera de estimular a un niño. Además es importante que el niño este bien alimentado y se sienta cómodo. Los padres deben ir aprendiendo a leer el comportamiento de su bebé y a respetar sus necesidades.” (Rosina Uriarte Álvarez. Manual de estimulación temprana. Esos preciosos primeros años)
La relación entre el centro instintivo y el subconsciente.
La conducta humana elabora muchos patrones que responden a factores instintivos. Por medio de las experiencias, el sujeto asume comportamientos que son adoptados en origen por el instinto a través de la vía de los sentidos y las sensaciones. Este ignora que ciertas pautas son aprendidas por imitación o nacen de una progresiva alteración particular del instinto que se convierten en hábitos y, más tarde, se racionalizan. La persona piensa y siente que son opciones voluntarias, decisiones que él determina con plena autonomía. Sin embargo, estas se subordinan al entorno, no son libres y, mucho menos, conscientes.
Se expone un ejemplo para entender mejor este hecho: Un lactante se amamanta del pecho de su madre. Este puede hallar bienestar por tres causas:
  • Colme su necesidad de hambre.
  • El instinto de éste halle de su agrado tomar leche, porque esta última le gusta.
  • Asimismo, el contacto con el pecho y el cuerpo de la madre sea agradable.

Estos tres supuestos, pueden darse o no. Ciertos individuos rechazan tanto el alimento como el pecho, aunque esto no es lo común. En todo caso, los tres supuestos establecen una relación en algún sentido con la madre y el alimento. Todo lo concerniente a la alimentación del bebé forma parte de sus primeras vivencias, del mismo modo, que cuando se lava, viste,… mima o no. Este vínculo se crea a través de los sentidos y se registra en el subconsciente de los centros instintivo y emocional.
Para simplificar, se profundiza en el segundo supuesto. Si el niño pide más alimento del que necesita y su madre accede a una sobrealimentación, esto puede originar una alteración del instinto. A la larga, esta irregularidad se cristaliza en esta función como un hábito. Sin embargo, si ella no permite este exceso, el instinto del bebé se acostumbrará a una nutrición idónea, aunque llore durante un tiempo. De hecho, la estrategia del chupete es común para sustituir la sensación de amamantar o del biberón. En estos días, es frecuente ver a niños de corta edad con un peso excesivo. Una circunstancia producida por una alimentación inadecuada que se inicia en los primeros meses de la existencia y que altera el instinto con respecto a su equilibrio nutritivo.
A la inversa, un niño puede rechazar el alimento o perder su interés por él debido a alguna causa desconocida ligada al instinto. Sea por una carencia de sensación agradable de los alimentos que ingiere o una experiencia negativa en el momento de alimentarse: una indigestión, esté enfermo, el alimento le provoque un dolor por una malformación, etc.
Estas situaciones, más adelante, se modificarán o no a través de otras experiencias. Sin embargo, en el subconsciente dejarán una huella, con consecuencias o no, en la vida racional del sujeto.
¿Qué se deduce de estos hechos?
Uno concluye que, en los primeros años, la existencia del ser humano está íntimamente ligada al plano instintivo. Los sentidos y, por lo tanto, las sensaciones son la base de su relación con el mundo exterior y estas, a su vez, conforman su vida psicológica. El bebé y, más tarde, el niño perciben todo lo que le rodea, son sus vivencias y el instinto[4] lo registra en el subconsciente con una cualidad subjetiva de: Agrado, desagrado o indiferencia. Esto inicia una relación con el entorno sobre el fundamento de lo que gusta (satisfacción) o no (insatisfacción), origina emociones de la misma naturaleza que acomodan una conducta recurrente. Esta última se cristaliza en una pauta del comportamiento, normalmente, de aceptación o de rechazo. Cuando el niño empieza a hablar, éste asigna conceptos a sus vivencias, las racionaliza sobre esta base. Esto implica que progresivamente estas experiencias, gustos, disgustos, sensaciones, emociones,… se trasladan al intelecto: Se verbalizan y piensan. Según el infante crece, las prioridades, la educación, el entorno,… atraen su atención hacia otras necesidades y experiencias que pueden o no solapar, transformar u olvidar las anteriores en el subconsciente.
Esto conlleva una reflexión de la inherente influencia de este centro sobre la psiquis. El auto-conocimiento revela que muchas de las tendencias y carencias psicológicas del individuo se muestran y/o determinan desde la más temprana edad. Por ejemplo, aparecen defectos en niños de muy corta edad como: El egocentrismo, miedo, apego, la envidia, cólera, gula, impaciencia, los celos,… Éstos, cuanto más se manifiestan, más se arraigan en la parte subconsciente de la mente. Un infante de uno a tres años puede expresar celos o envidia de su hermano/a, padre o madre. Este observa que la atención y los cuidados se dividen o no son dirigidos exclusivamente a él y, por instinto de conservación, muestra su rechazo a que su madre los manifieste a otra persona.
Existen infinitas actitudes en los niños de esta edad que a pesar de no gozar de un soporte racional ni del lenguaje indican con determinación lo que desean. Muchos de estos comportamientos denotan una falta de valores humanísticos; Son respuestas instintivas, motoras y afectivas inconscientes, impropias de una conciencia humana que, por su condición, el niño carece. Estos defectos del párvulo, que se identifican como subjetivos y circunstanciales, generan errores en su conducta. Más adelante, cuando éste alcance la juventud o madurez tendrá que comprenderlos en un proceso de conocimiento de sí, en el momento que anhele un equilibrio psicológico en la existencia. Muchas de estas respuestas y vivencias se convierten con el paso del tiempo en un condicionante solapado e ignorado por su propia personalidad.
“Estas experiencias tempranas tienen efecto de por vida. Aun cuando el niño no recuerde lo que en realidad pasó y le falten palabras para darle forma en su mente, la sensación perdura. Aprende que puede contar con la gente o que no puede; que se le permite intentar hacer cosas, o que estará constantemente impedido. Estas particularidades persisten y se fijan en el ser como parte de la personalidad”. (Su niño de uno a seis años. Departamento de Salud, Educación y Bienestar de EEUU. Richard H. Granger.)
Paradójicamente, el mismo niño, en otros instantes, se comporta con unos atributos éticos admirables, demuestra: Ternura, generosidad, sensibilidad, humildad, gratitud, tolerancia, sencillez,… Todos estos valores pertenecen a un orden de conciencia superior y universal; Facultades esenciales y propias del Hombre, lejos de los instintos y de la inconsciencia.
Estas dos naturalezas conviven en el párvulo y, según las circunstancias son propicias, se expresan en él. El instinto es un centro que rige su función de forma automática, inconsciente y recurrente. Estas propiedades son necesarias para la gestión de todos los procesos vitales del cuerpo. Sin embargo, las respuestas irreflexivas y subconscientes no son apropiadas ante los complejos entresijos de la existencia y la convivencia en sociedad. Esto implica una educación revertida sobre los aspectos universales y valores éticos que son intrínsecos de la Esencia del Hombre y que todo recién nacido carga en su interior[5].
Esta falta de educación y conocimiento de la función instintiva genera, en muchos individuos de diversas edades, graves problemas de salud y desequilibrios psicológicos.
La desnaturalización del instinto.
Existe una relación directa entre: El instinto, subconsciente y la dependencia tanto física como psicológica a ciertos hábitos que se arraigan en el individuo que los ejerce. Es decir, una vez que éstos se instalan es muy difícil abandonarlos. Estas conductas tienen el grave inconveniente de deteriorar el organismo y condicionar la existencia de la persona. El consumo de: Tabaco, alcohol, estupefacientes, sobrealimentación o trastornos de ésta, etc. crean adiciones o conductas que se subordinan a las sensaciones y los apetitos. Estas pautas se originan en el centro instintivo y se enraízan en la zona subconsciente de la mente. Aunque la persona inicie su consumo por una causa vinculada a otro centro o se atribuya a elementos ambientales y sociales. Por ejemplo debido a la imitación, los estados emocionales o las ideas preconcebidas[6].
Se expone el caso del tabaco. La nicotina es una droga que en sí misma crea una adicción, la cual es superada por muchos individuos, mientras que otros se sienten incapaces de conseguirlo. ¿Cómo se asienta esta dependencia? Ciertamente en la primera calada a un cigarrillo, el instinto reacciona con un rechazo claro al humo. Este centro se encarga de avisar que lo consumido es nocivo; Advierte que los pulmones no están dotados para respirar el humo ni la nicotina y demás componentes que se hallan en un pitillo. Sucede lo mismo cuando uno respira la humareda que sale del tubo de escape de un viejo camión. Si uno repite dicha acción llega un momento que el centro instintivo se adapta. El acomodo de esta sustancia en el cuerpo implica una desnaturalización de esta función. Este hecho significa que el instinto modificó ciertos mecanismos biológicos para aceptar esta sustancia. Esto se registra en el subconsciente. La realidad es que cuando hay adaptación orgánica a un compuesto, paralelamente, se inicia una dependencia que al principio es pequeña o imperceptible y aumenta con el consumo. Eso significa que la sensación de bienestar que pudiera uno sentir a través de la ingesta de nicotina se ha convertido en una necesidad. Esta última es la adicción que la persona sufre. La singularidad de este proceso es que difícilmente se estabiliza. Según uno la consume, la necesidad es mayor, por lo que la dependencia se incrementa. Esto se configura como un ciclo donde la persona precisa cada vez más nicotina para sentirse satisfecho. La prueba es que muchos sujetos sólo quieren consumir un determinado números de cigarrillos. Sin embargo, éstos fuman más de lo que desean. Del mismo modo que muchas mujeres embarazadas quieren renunciar al tabaco por recomendación facultativa pero no lo hacen. El fumador pierde voluntad y libre albedrío ante el desequilibrio instintivo que él mismo ha provocado. La adicción impide a muchas personas dejar de fumar a pesar de las graves consecuencias que éstas padecen por esta circunstancia, incluso con el riesgo de perder la vida.
Esto mismo sucede con el alcohol o la ingesta habitual de exceso de comida porque el instinto previene cuando hay que parar de comer; Ocurre igualmente, con los potentes narcóticos (cocaína, heroína,…) que tienen la propiedad desde el primer momento de alterar los estados de conciencia y los centros fisiológicos. Estos reducen la capacidad de reacción del instinto. Aunque una vez que se disipan sus efectos, éste indica netamente que la sustancia ingerida crea un perjuicio a nivel biológico y psicológico. Esto se conoce como: Las resacas, pérdidas de apetito, los lapsus de memoria, la ansiedad por volver a tomarla, el trastorno del sueño, etc.
Cuando una persona modifica voluntariamente la función instintiva que rige el equilibrio biológico del organismo, ésta acarrea una complicación de la existencia. El individuo altera por medio de un abuso o mal-uso su armonía orgánica y psicológica. Este hecho, en algún instante, se transfiere a la vida cotidiana. Cuando la búsqueda y disfrute de una sensación se repite, esta actitud termina siendo una costumbre y se asienta en el subconsciente. En muchos casos, los razonamientos, sentimientos y la voluntad de volver al estado primitivo no son suficientes. Para superar una adicción, la persona precisa de una gran determinación, comprensión de sus causas reales y consecuencias; Finalmente, de ayuda externa dirigida por profesionales. Esto lo experimentan todos los sujetos afiliados a la asociación de alcohólicos anónimos y centros de rehabilitación de drogodependientes. Aun más, el peligro de volver a caer en el hábito nunca desaparece debido a que el subconsciente permanece alerta a la necesidad latente de esta sustancia en el instinto.
Los sentidos, las sensaciones y el instinto.
Asimismo, existe una gran cantidad de problemas de sobrepeso en un porcentaje creciente en la población Occidental. A pesar de las advertencias de las organizaciones de la salud, la determinación de las personas por controlar su apetito o seguir dietas, estas fracasan en su cometido. Muchas pierden peso y unos meses más tarde, lo recuperan, incluso lo aumentan. La base de estos desequilibrios reside en una carencia de conciencia y de atención cabal a cómo funciona este centro y su relación intrínseca con los sentidos y las sensaciones.
La sensación, a través de los sentidos, el gusto y apetito son alterados con facilidad por cualquier sustancia que uno ingiere y le gusta, atrae, aunque no sea adictiva. El proceso se produce porque uno lo toma reiteradamente y no presta la suficiente atención a que cada vez precisa de una cantidad mayor para alcanzar la misma satisfacción. Por ejemplo: el azúcar, el café, chocolate, etc.
Los gustos, sabores y olores[7], de igual modo que las cantidades, son culturales. Normalmente, estos se adoptan desde la infancia. Lo común es que al niño le guste y satisfaga la comida que con cariño elaboró su madre o la persona que lo crió. Al menos que ésta sea un desastre cocinando. Por dos causas:
1.        Estas comidas son las primeras que consume y el niño descubre los sabores a través de ellas.
2.        Este come todos los días, es decir, repetidamente la misma dieta. Esta sensación o sabor se registra en el instinto y, por lo tanto, en el subconsciente. El gusto del infante se familiariza a las comidas por adaptación ambiental que, en realidad, se constituye como un condicionamiento de las sensaciones.
“La importancia de la estimulación en esta fase de la infancia se pone de manifiesto en aquellos casos en que su ausencia (en niños abandonados y posteriormente adoptados, por ejemplo), provoca no ya retrasos en el desarrollo y adquisición de ciertas habilidades (del lenguaje, de aprendizaje, etcétera), sino determinados rasgos de carácter que persistirán en etapas posteriores”. (Tesina de María Eugenia Rubio. Universidad nacional de Rosario. Argentina)
El instinto de un bebé no está adaptado y, consecuentemente, reacciona de modo natural y espontáneo cuando detecta tanto un sabor intenso u olor desagradable. Poco a poco, este se adapta, lo común es que el niño rechace sabores fuertes, como el picante, lo amargo, ácido o agrió, salado y acepte o desee el sabor dulce y suave. Según el niño crece, los sabores se matizan, llega un momento que debido a la educación y experimentación se amplían. Un adulto debe ser capaz de comer aquello que le ponen en el plato. El instinto, a través del olor y sabor, indica si un alimento no se halla en estado de consumir.
A temprana edad, los niños adquieren hábitos alimenticios, sobre todo en aquello que aceptan o rechazan comer, basado en el capricho infantil. Si estos últimos no son rectificados a través de una formación inteligente quedan establecidos como manías que la misma persona adulta justifica con argumentos de todo tipo. Sin embargo, muchas de ellas son vistas por los demás como extravagancias, disparates, alimenticios que complican la existencia a la misma persona y a quien convive con ella. Incluso con el tiempo, estos hábitos inadecuados generan problemas de nutrición.
Esto conlleva a la reflexión sobre estos prejuicios que uno acarrea sobre la comida y que sustentan ciertos defectos de tipo psicológicos anclados en el instinto; Es necesario considerar la escasez de alimentos que sufre una gran parte de la humanidad y captar, humildemente, que uno en unas condiciones de vida de penuria abandonaría estos recelos alimenticios. Estos últimos se edifican por una carencia de instrucción de los sentidos, las sensaciones y una falta de necesidad real de comida.
El instinto de conservación de la vida y de supervivencia sobrepasa todos los condicionamientos y prejuicios elaborados por las experiencias sensoriales: Agradables o desagradables. En caso de extrema necesidad, el hambre impone al individuo sus propias pautas, las reglas del instinto. En estos casos, sólo los valores humanos y el auto-control guían al individuo a mantenerse digno e integro a la condición humana.
La relación entre centro instinto, sentidos y sensaciones es muy relevante en la existencia de la persona. El individuo percibe la vida a través de sus sentidos. Cuando un individuo carece de un sentido o está limitado, por ejemplo: la vista o el oído, tiene un impacto determinante en su existencia. Cada sentido proporciona una información valiosa de la realidad circundante. Las bases del conocimiento racional se establecen a partir de estos datos aportados a la mente. Si alguna vivencia, por ejemplo, dolorosa se enraíza en la memoria o el subconsciente, ésta afecta al instinto. Los sentidos crean las sensaciones que recibe la mente pero si interviene el recuerdo a nivel instintivo, éstas son falseadas y el juicio que la persona concluirá será erróneo. La interpretación de la realidad a través de unas sensaciones condicionadas por ciertas experiencias provoca errores de percepción en el sujeto. En muchas ocasiones, uno capta escenarios con sus sentidos, a partir de éstos uno piensa, razona y concluye supuestos que nada tienen que ver con la realidad. Uno se sorprende de cómo interpreta ciertos escenarios de la vida. Por ejemplo, muchas sensaciones se convierten en deseos, miedos, apegos,…
En este sentido, la meditación es una disciplina que restablece el orden y objetividad por medio de la comprensión de las sensaciones que son manipuladas por el pasado. Este tema se desarrollará más adelante por su importancia a la hora de instaurar una relación correcta y equilibrada con el mundo exterior y su influencia.
La carencia de conocimiento e instrucción sobre las sensaciones y los deseos pueden arrastrar a una persona a conductas compulsivas para la satisfacción a éstas. A las comentadas anteriormente se incluyen: El voyeurismo o mirón, la cleptomanía, ludopatía, nuevas tecnologías (móvil, Internet, video-juegos,…), etc. Todas estas pautas se inician por diferentes causas en cada individuo pero se tornan en un problema psicológico e, incluso en una patología. La desnaturalización de las sensaciones y de la misma función instintiva es una consecuencia de la búsqueda de satisfacción recurrente que se instala de modo automático. Una vez asentada acarrea una pérdida de control racional y emocional, asimismo de libertad e inteligencia práctica.
Diferencia entre el instinto y la intuición.
En muchos tratados se alude al instinto como sinónimo de intuición. Desde la perspectiva del auto-conocimiento estos son dos aspectos distintos tanto en origen como en la función que desempeñan cada uno dentro del ser humano.
La intuición se corresponde con el corazón. Esta emana de un conocimiento superior y transcendental de uno mismo y del mundo que rodea al individuo, en los últimos tiempos se denomina “Inteligencia emocional”. Este tema se ampliará cuando se profundice sobre los centros superiores del organismo. La intuición no es educada ni aprendida a través de un discurso ni puede ser impuesta. Es el resultado de un proceso de comprensión de la realidad del Hombre en sí mismo y de la adquisición de conciencia de la propia trascendencia. La intuición es la expresión de la inteligencia práctica y de los valores del corazón debidamente ejercidos como respuesta a una contingencia íntima o exterior.
En confrontación con el instinto, este último se relaciona con los principios biológicos, sistemas y respuesta programados por la propia vida para auto-mantenerse activos. Esto se ha descrito a lo largo del texto. La inteligencia de la vida o el instinto requiere ser respetado y, en el caso, que se precise ser reconducido o educado se debe recurrir a la intuición o inteligencia práctica. El discernimiento proporciona el adecuado equilibrio entre la necesidad y su satisfacción y la humanidad intrínseca que rige todo ser humano. El instinto se expresa para indicar que una comida será indigesta pero no revela que un compañero en el empleo acarreará un problema profesional. Este último conocimiento es propio de la intuición o corazonada.
Conclusión.
El estudio y equilibrio de este centro requieren de una observación sobre sí de calidad que adviene con una perseverante práctica. Esto es debido a que el centro instintivo se halla ubicado en la parte más subconsciente de la mente y para captar su acción independiente uno precisa de cierta habilidad en el manejo de la atención. Tal como se ha comentado a lo largo del texto persisten en la conducta personal pautas que se originan en esta función. Estas impregnan la personalidad, son asumidas por el sujeto de modo racional y justificadas con la propia lógica, incluso de modo sofisticado.
Por ejemplo: ciertos casos de intolerancia a la diferencia; Ataques de ira que golpean, incluso a las personas queridas; Impaciencia ante las necesidades fisiológicas que se precisan satisfacer (hambre, sed, cansancio, higiene, sexual,…); Reacciones propias del instinto que se denomina “irritabilidad (biológica)” por ser respuestas a elementos ambientales irreflexivas y automáticas que se alojan en el subconsciente. Asimismo ocurre en el ámbito psicológico y la percepción de falta de seguridad que uno vive con miedo, etcétera. Esto significa que parte de la estructura biológica causa en la psiquis inmadura una complejidad añadida en ella.
La carencia de reflexión íntima e inexperiencia del individuo propician el mal-uso o abuso de este centro que, paralelamente, precisa ser educado rectamente con un estado de atención cabal. La educación de este centro se encausa en la capacidad de la persona en controlar sus necesidades básicas y apetencias por medio de la inteligencia práctica. Por ejemplo, un niño de corta edad requiere aprender a manejar sus esfínteres para ir al cuarto de baño y abandonar los pañales. También, éste se concentra sobre sus apetencias y deseos y los padres se esfuerzan para enseñarse la moderación o renuncia, según el caso, y conductas dignas de la vida en convivencia. Esto no debería ocurrir en un adolescente o joven. Si las circunstancias lo requieren, éste precisa dominar su apetito en el caso que surge el hambre y no puede complacerlo en ese momento o cualquier deseo del instinto que sea inadecuado. Si una persona está en un buffet libre comerá lo que necesita con la moderación que le dicta el mismo instinto. Esta función observada con objetividad y la comprensión de sus carencias conlleva a la cualidad de la templanza. Una virtud propia de la sensatez que maneja debidamente la voluntad y no ejerce una represión o frustración en este centro. Con el tiempo, estas pautas represivas del instinto sin discernimiento producen problemas de tipo psicológico, como son las actitudes compulsivas anteriormente descritas.
Igualmente, sucede con el control sobre el sueño. Ciertos individuos duermen diez horas diarias y otros cinco; Unos se acuestan a las cuatro de la mañana y se levantan a los doce del mediodía de forma regular; Otros, por razones de trabajo, cumplen con turnos u horario irregular, lo que genera una pérdida de sueño o esté descompensado. De forma obligada por la situación personal o debido a una costumbre determinada por la propia satisfacción, éstas son causa o producto del mal-uso del instinto y acarreará sus efectos en algún que otro momento. En este sentido y en otros mucho más campos, la educación de este centro es indispensables para gozar de una buena salud y envejecer dilatando las reservas vitales que la sostiene. No prestarle atención al instinto es anticipar la debilidad física y el envejecimiento, deteriorar el sistema inmunitario y convertirse en una persona de riesgo a cualquier enfermedad.




[1] Esto contrasta con los demás centros: Intelectual, emocional, motor y sexual. Estos empiezan su desarrollo a diferentes momentos de la existencia del niño. La primera función en registrar actividad es la emocional, poco a poco, sigue el motor. Cuando el cerebro del niño biológicamente madura capta los fundamentos del lenguaje y comienza la facultad de hablar y pensar, finalmente, será el turno de la actividad sexual con la pubertad.
[2] Los gametos sexuales hombre-mujer son confeccionados por el sistema reproductor del cuerpo humano, donde intervienen los centros sexual e instintivo.
[3] En este tratado, el subconsciente, inconsciente e infra-consciente se consideran sinónimos. Aunque en realidad son diferentes niveles de la mente que el individuo difícilmente observa dentro de sí mismo. Esto es similar a mirar hacia abajo desde la boca de un pozo, todo está oscuro. Estos términos indican diferentes profundidades del pozo. Sólo quien dispone de una capacidad de observación desarrollada puede percibirlos directamente.
[4] De conservación o de supervivencia. Estos son innatos porque están presentes en la constitución del cuerpo del bebé.
[5] Este apartado se desarrollará más adelante. La constitución psicológica del ser humano acarrea tres factores que se despliegan a lo largo de la existencia. Un factor que es múltiple en su constitución se identifica como: Defecto o carencia de tipo psicológico y se denomina en el auto-conocimiento como “ego”. Otro factor que identifica los incipientes valores humanos y se nombra como lo esencial o la conciencia del Hombre. Y, finalmente, un vehículo psicológico de expresión adaptado en el curso de la vida que es la personalidad.
[6] Frustración, búsqueda de experiencias, sobrepasar limitaciones, evadirse de una realidad, por satisfacción personal, diversión, etc.
[7] El sabor está, en un alto porcentaje, determinado por la sensación olfativa. 

lunes, 11 de agosto de 2014

La función motriz.



Introducción.
En el ámbito fisiológico, los centros: motor, instintivo y sexual se hayan repartidos en todo el sistema nervioso (central y periférico). Debido a la compleja interrelación que existe entre ellos, estas funciones forman un centro neurálgico o cerebro a lo largo de la médula espinal. Estas interactúan entre sí, por ejemplo: el instinto sexual, de supervivencia, los movimientos reflejos[1], las funciones involuntarias, etc. Sin embargo, cada centro desempeña una misión propia y posee características particulares.
El ser humano utiliza estos centros continuamente en su existencia. Estas funciones son propias a la vida. En ellas, uno halla la facultad de ver, respirar, digerir, desplazarse de un lugar a otro, mover una mano para coger un objeto, colaborar en la reproducción de la especie, etc. Cualquier estudiante advierte a través de una observación cuidadosa cómo operan estos centros en el ámbito psicológico. En la vida cotidiana, uno piensa, siente e, igualmente, respira, actúa, anda, corre, monta en bicicleta, habla, experimenta hambre, frío,… o una atracción por un hombre o una mujer. Todas estas actividades están vinculadas a estos centros que el sujeto disfruta pero ignora sus propiedades más elementales. Normalmente, una persona no se halla presente a la relación existente entre sus instintos y deseos; No distingue entre sus necesidades y gustos o satisfacciones; Ni comprende el vínculo entre los sentidos y el placer; Ni las actitudes de aceptación o rechazo con respecto a lo que uno come, bebe, etc.
Asimismo, uno desconoce las memorias de estas funciones, sus características y cómo los aprendizajes se registran en el subconsciente. La estructura psicológica de los centros: instintivo, motor y sexual es la más ignorada por el ser humano. En este cerebro se asientan los valores vitales de la persona y un mal-uso o abuso acarrea a largo plazo una disfunción en alguno de estos centros. Las consecuencias de las carencias cognoscitivas de estas funciones se aprecian fundamentalmente a las edades más avanzadas del individuo. En la tercera edad es cuando surgen los problemas de salud ligados directamente a un agotamiento de estas energías que conforman la estructura vital del organismo[2]. El estudiante, a través de la observación de sí mismo, descubre cómo éstas trabajan en el organismo, evita un uso incorrecto y establece entre los centros: un equilibrio, orden y una armonía. Este cambio de actitud de la persona, por un conocimiento de sí y su práctica, le proporciona una sensible mejora de su calidad de vida y la dirige hacia un bienestar integral.
El centro motor.
“El cerebro motor, ubicado en la parte superior de la espina dorsal, es también interesantísimo para nosotros. Los valores que están ubicados en ese cerebro, nos permiten caminar, movernos, ir de aquí para allá en diferentes direcciones: jugar béisbol, basketball, hacer gimnasia, etc. Si nosotros no tuviéramos valores en el cerebro motor, prácticamente no nos interesarían los deportes, ni los paseos, ni las excursiones, ni nada que se relacionara con el movimiento”. (Samael Aun Weor. Cátedras).
La función motriz opera, principalmente, en el sistema nervioso periférico y somático junto a todos los elementos que propician los movimientos: músculos, ligamentos, tendones, etc. El eje de esta función orbita en la parte superior de la columna y se extiende en toda la médula espinal. De igual modo que en los centros estudiados anteriormente: el intelecto y la emoción, el auto-conocimiento no se ocupa del funcionamiento fisiológico. El estudiante puede observar por sí mismo cómo obra este centro en la dimensión psicológica. ¿Cómo y qué determina la acción, los hábitos, las habilidades físicas? ¿Cómo se relaciona esta función con las demás? Responder a preguntas: ¿De qué modo hablo? ¿Por qué altero el tono de voz en ciertas circunstancias? ¿Cómo camino y por qué lo hago de esta manera? ¿Cómo gesticulo, me muevo, etc.? ¿De qué manera conduzco? Y un largo etcétera de cuestiones que salen a la luz en la medida que uno se conoce a sí mismo.
Este centro se encarga de todo lo que se relaciona con la acción: El movimiento, los actos reflejos, tics, las manías; El ejercicio, la práctica de un deporte, la actividad o los hábitos físicos, el habla, las habilidades corporales; El tocar un instrumento musical; Realizar tareas, desarrollo de una profesión manual, el obrar con pericia o de modo torpe en cualquier ámbito de la existencia; Caminar, correr, bailar, conducir, cocinar, comer, etc. Interesa
Esta función es más veloz que el centro intelectual. Por ejemplo: Cuando una persona conduce un vehículo realiza una gran cantidad de movimientos de forma simultánea que no controla racionalmente, de hecho en la mayoría de los casos, ésta se haya pensado en alguna otra cosa. Asimismo, si la persona percibe o le avisan que un objeto va a golpearle, este se protege la cabeza de forma automática, como un acto reflejo. Es decir, no es producto del pensar. Igualmente, una mujer que se haya embarazada ante este mismo hecho, ella no se hecha las manos a la cabeza sino al vientre. Un buen futbolista no goza de tiempo en la mayoría de las jugadas para pensar como los pies deben actuar. En la práctica de un deporte a nivel competitivo es la inteligencia motora la que mueve el cuerpo.
En realidad, un niño aprende a moverse, erguirse, gatear, coger objetos, andar,… antes que pensar. Un infante trata de recorrer el espacio circundante en función de sus posibilidades motrices. Esta inquietud proviene de verlo en las personas que le rodean y le motivan a imitarlas. En los primeros años se produce la base más importante del aprendizaje de este centro que posee características propias.
El aprendizaje del centro motor y su memoria.
El aprendizaje de este centro se efectúa por diversas fuentes:
A través de los sentidos, principalmente, por imitación. La asimilación de acciones y habilidades motrices se determina a través de la experiencia en los primeros años de vida. En este periodo, el ejemplo, las disposiciones físicas y las actividades que integran al infante por parte de las personas que le cuidan son vitales en el desarrollo de esta función.
El niño adoptará muchas de sus actitudes, habilidades, hábitos, acciones,... a causa de su inquietud por aprender junto a la influencia que recibe de sus padres o preceptores.
Por ejemplo: Normalmente, un párvulo tiende a imitar lo que observa en un adulto. Esta actitud innata se presenta como un juego, le entretiene y, a la vez, aprende a manejar este centro: El movimiento de sus miembros, desarrollo de la fuerza muscular, la adquisición paulatinamente de destreza, etc.
    Más adelante, el niño aprende igualmente por la vía intelectual, utiliza ambas fuentes. Según el infante adquiere la comprensión del lenguaje, éste trata de practicar lo que le dicen o escucha en su entorno. Por ejemplo, aprender a participar de algún juego con ciertas reglas, practicar un deporte. Éste se interesa por escribir, dibujar, pintar, construir un lego o Meccano, jugar con un peluche o una muñeca,… Esto ocurre cuando el niño o, incluso, el adulto observa una labor o actividad que pretende asimilar y se informa de cómo realizarla. Es el caso de tocar un instrumento musical, aprender a cantar, bailar, cuando uno es mayor: un oficio, conducir un vehiculo, etc.
   Finalmente, puede ser exclusivamente a través de una información intelectual. Uno desea confeccionar un objeto y se informa a través de publicaciones que lo muestran. Por ejemplo, necesita montar un armario y se procura de un manual explicativo; Quiere aprender yoga, Pilates, Tai-Chi,… uno sólo con un libro en su casa.
El usar hábilmente los miembros, mover el cuerpo y desarrollar aptitudes motrices es posible si uno tiene presente las propiedades de este centro. La forma más eficaz de educarlo es por medio de la observación cuidadosa de la acción que se anhela aprender e imaginar como se despliega su realización. El estudiante puede requerir una información adicional de tipo intelectual para mayor comprensión del aprendizaje. Asimismo, sentir en el centro emocional que este último es una auténtica aspiración. Estas disposiciones propician condiciones idóneas para la instrucción de una capacidad en el ámbito de los hechos. Sin embargo, para aprender a caminar, es imprescindible caminar; Para aprender a conducir un vehículo, es necesario manejarlo; Para bailar un paso-doble, se requiere practicarlo; si uno quiere tocar bien la guitarra se precisa ejercitarse, una y otra vez, hasta que se domina el movimiento, los compases, etc. Igualmente, si quiere ser peluquero, soldador, cirujano, carpintero, dentista. La característica más importante de este centro es que uno aprende a través del ensayo, entrenamiento y de la práctica. No es una cuestión de pensar. El cultivar una acción es, en todo caso, visualizarla con la imaginación creadora y después llevarla a la práctica. El aprendizaje de la función motora requiere paciencia, concentración y, sobre todo, observación de los movimientos que la componen tal como se inician los niños de corta edad. Cuanto más se ejecuta un ejercicio, éste se graba en la memoria de este centro hasta alcanzar la parte instintiva, automática e inconsciente de la psiquis.
“El desarrollo motor se produce de modo espontáneo, mediante su actividad autónoma, en función de la maduración orgánica y nerviosa. Al sentirse libre, el pequeño se muestra activo, interesado, serio en su juego, agradable en sus relaciones y preciso en sus movimientos sin esforzarse demasiados al hacerlos”. (Emmi Pikler. Moverse en libertad)
Por esta causa, la memoria de este centro tiene la particularidad que cuando uno adquiere una habilidad, ésta no se olvida. Por ejemplo: Una persona aprendió de niño a montar en bicicleta, patinar, jugar al tenis, fútbol, etc. Aunque pasen muchos años sin volver a ella, ésta no olvidó realizar estas actividades, puede que tenga un pequeño periodo de adaptación pero la recuperará pronto. Esto es muy distinto a la memoria intelectual, uno aprende en la escuela muchos conocimientos que se pierden irremediablemente de un año para otro. Esto sucede porque no se utilizan y quedaron a la parte superficial del intelecto.
Los maestros de escuela requieren conocer estas características del aprendizaje para combinar disciplinas que enseñen y desarrollen este centro en armonía con los demás. La educación infantil ha evolucionado de forma satisfactoria en esta época donde se combina las actividades manuales con conocimientos básicos de matemáticas, lectura, escritura, dibujo. Asimismo, ésta integra las acciones artísticas como son: El baile, la música, el canto, dibujo, manejo de objetos,… a través del juego. Esto conlleva una instrucción amena y los centros se coordinan a través del aprendizaje. Sin embargo, cuando los niños llegan a primaria existe una tendencia a concentrarse en los conocimientos intelectuales sin la participación de los demás funciones. Esto conlleva un detrimento de la calidad de la enseñanza y del armonioso desarrollo psíquico del infante. Es necesario una revisión de los planes de estudio donde se incorporen actividades y juegos junto a los conocimientos básicos como son: La recitación, interpretación adaptada de obras clásicas de teatro, plástica, reproducción, confección y creación de objetos. De igual modo que las actividades deportivas tanto colectivas como individuales. Aportando el mismo interés y valoración que los conocimientos racionales. Actividades que conduzcan al descubrimiento de vocaciones, despierten el interés de los niños por disciplinas o trabajos creativos. El profesorado descubriría las carencias y cualidades de los niños en la infancia y, según el caso, se actuaría en consecuencia para corregirlas o fomentarlas. Esto crearía en ellos las bases sólidas de coordinación de todas las funciones del organismo. Evitaría un desequilibrio progresivo según el niño cumple años que provoca la inactividad motriz y se refugia en los juegos de video-consola. El sistema educativo revela, cada vez más, importancia al conocimiento racional, ignorando las funciones motrices, emocionales, instintivas y el desarrollo armonioso de todas ellas.
Los hábitos y las costumbres.
“Los valores, ideas, sentimientos y experiencias significativas definen los hábitos de cada persona. Por tanto los hábitos se crean, no se obtienen por herencia, se pueden volver necesidades y llevan a uno a realizar acciones automatizadas”. (Hábito. Wikipedia)
Aunque en un hábito[3] intervienen uno o varios centros, existen diferentes tipos dependiendo de la función en la cual éste se aloja. Por lo tanto, hay hábitos intelectuales, por ejemplo, las preocupaciones. Asimismo, de tipo emocional como son los apegos; Del instinto como es el comer más de lo que uno necesita y, también, sexuales.
El centro motor recoge una gran cantidad de hábitos, costumbres, incluso, manías. Estos se hallan arraigados en la psiquis asociados con las acciones y que, en muchos casos, uno ignora.
Durante la existencia una persona aprende a enfrentarse a diversas situaciones y adquiere una experiencia que se refleja en su conducta. Las vivencias forjan en este centro respuestas o comportamientos que se registran en la psiquis y se transforman en pautas que atraen una reacción concreta que se repite en el tiempo. Esto se constituye como un hábito o una costumbre[4]. En muchas ocasiones, el sujeto acomoda su forma de actuar, se cristaliza en el subconsciente y éste no repara en ella. Estas conductas son actitudes estereotipadas y no respuestas reflexionadas ni alentadas por un principio inteligente. Muchos hábitos del centro motor muestran escasa educación, son desafortunados e inoportunos en las relaciones humanas en los diferentes ámbitos de la existencia. En esta época, ciertas costumbres expresan, incluso, falta de respeto por el prójimo, mal gusto y rompen la armonía de la convivencia entre las personas. Esto se distingue en diversas acciones del ser humano. A continuación se exponen algunos ejemplos para reflexionar sobre la importancia de los hábitos y costumbres en el trato entre los individuos:
En el “uso de la palabra” se reflejan una gran cantidad de hábitos depositados en este centro. Estos últimos son la expresión externa de estados, carencias y defectos de tipo psicológico que la persona carga en su interior. Esta función se alza sobre una componente automática instalada en el subconsciente del sujeto y, por falta de atención o control, revela su inconsciencia. El ser humano mecaniza: Expresiones habladas como son la queja, la protesta, el reproche, etc.; el gesticular; formas de dirigirse a los demás; avanza opiniones, criticas, valoraciones de forma categórica que incomodan a los presentes; levanta la voz; corta la palabra; no escucha las intervenciones de los demás; dirige la conversación hacia sí mismo, habla continuamente de lo que él piensa, le ocurre, atrae continuamente la atención sobre sí, sobre sus experiencias, conocimientos, viajes, etc.; Se halla junto a varias personas pero las ignora, sólo presta atención a una en especial; pregunta cuestiones personales que no le conciernen, incluso, lo hace ante los demás e insiste; Se dirige de forma familiar a personas que no conoce; expone temas que hieren la sensibilidad de los presentes; etc.
Estos son una pequeña cosecha de hábitos, usos y costumbres del verbo creados en la psiquis del individuo que revelan una carencia de buen gusto y de atención cabal de sí mismo. Incluso, existen casos donde la persona no los advierte por ser una actitud mecánica en su modo de ser.
El “uso del móvil[5], sobre todo en las nuevas generaciones, crea unas pautas de comportamiento que conllevan a una dependencia, falta de presencia al entorno y los demás. Las nuevas tecnologías proporcionan al ser humano una gran cantidad de herramientas de comunicación, información y solucionan ciertos aspectos de la existencia. Sin embargo, uno observa que junto a este fluyo de facilidades de comunicación, paralelamente, surgen un efecto de aislamiento de la personas.
Los adolescentes se relacionan cada vez más de modo virtual y experimentan más dificultades en las relaciones presenciales, tangibles que interactúan en el aquí y ahora. Esta carencia de trato en la dimensión física se transforma en una costumbre. Esta última es un modelo de comportamiento que refleja una limitación de la imaginación, libre iniciativa y de la propia inteligencia en los tres cerebros: intelectual, emocional y motor. Esto acarrea una gran cantidad de hábitos que expresan una pasividad de la misma personalidad ante la existencia. Hoy en día es muy común ver en los parques adolescentes alrededor de un móvil donde todos observan, comentan o juegan,… a través de él o cada uno con el suyo, pero se olvidan de las experiencias de la vida.
El teléfono móvil se incorpora a la vida del ser humano, de igual modo, que el vestirse, llevar dinero para cubrir una necesidad o coger una documentación de identificación. Esto implica que el individuo crea nuevos hábitos en su uso y a través de éstos se trasluce su madurez. Por ejemplo: Estar ante la presencia de un acompañante, sonar el teléfono y atenderlo durante un periodo de tiempo que se convierte en una descortesía; Estar entre amigos o familiares y enviar o leer mensajes desatendiéndolos; Estar pendientes de él recurrentemente para ver si hay alguna incidencia: mensaje, llamada,…
Estos dos ejemplos se han comentado para matizar la importancia de este centro y la necesidad de estar presente a él, a los hábitos y las costumbres. A continuación se enumeran otros que se adoptan a través de la relación con los demás, principalmente, por imitación[6] tal como se describió al principio del texto.
La “comida” es una necesidad pero que se ha convertido en un cúmulo de hábitos. El modo de comer, lo qué se come o no, la cantidad. Hoy en día se aprecia un interés creciente de la sociedad por ella, a través de programas de TV., películas, documentales, reuniones gastronómicas. También, aparecen largas listas de recomendaciones por nutricionista, productores, cocineros, movimientos espiritualistas,… Esto crea y acrecienta nuevas necesidades que se transforman en hábitos. Este aspecto se vincula estrechamente con el centro instintivo, del mismo modo que el fumar y beber.
Otras costumbres del centro motor son: El mantener la forma física o no; el llegar tarde a la hora concertada; el dormir más horas de las necesarias o menos, la práctica de la siesta, trasnochar; el morderse las uñas; el lavarse con asiduidad o no; etc.
Los hábitos, costumbres y acciones requieren ser observados detenidamente por el estudiante si anhela descubrir que los motiva. Muchas de ellos son útiles, otros no. Uno precisa cuestionarse, si estos son propios de una conducta recta, adecuada al equilibrio, a la armonía y el bienestar integral; Si estos acarrean respuestas eficientes y respetuosas con los demás, no deterioran el organismo y, sobre todo, si estas actuaciones son producto de la inteligencia.
La importancia de la acción.
El auto-conocimiento incide en la importancia de las acciones. Si existe una coordinación de las funciones, normalmente, estas últimas son determinas por el pensar y sentir. En este sentido, el intelecto y la emoción son la base de toda actitud, comportamiento, actividad, conducta, etc. Sin embargo, cualquier pensamiento y sentimiento sin la participación del centro motor quedaría en la nada. Cualquier ideal por muy brillante que fuera, coronado por el sentimiento más elevado, si no se materializa a través de una acción, no nace y se pierde en el laberinto del subconsciente. Esto conlleva varias apreciaciones que toda persona requiere reflexionar:
   La “vida es acción”, movimiento, actividad,… es muy importante aprehender que este atributo es coexistente con ella. El ser humano nació para crear, realizar una obra. La existencia es útil cuando hay creación. Esta última será transcendente o no. Depende de la persona, a qué le dedica su tiempo y energía. Una existencia de estudio sobre algún aspecto de la ciencia sin aplicación u obsoleta; unas intenciones sobre alguna empresa relevante; unos propósitos bien-intencionados con las personas que uno quiere; un anhelo de ayudar al prójimo en alguna de sus necesidades,… si no se llevan a la acción, ¿En qué son reales? ¿En la cabeza y el corazón del individuo que las piensa y siente? Quizás, pero no tienen ningún efecto. Una idea puede ser sublime y la base de una acción pero, sin esta última, no alimenta a una persona necesitada, no regala flores, ni sana a nadie, ni aporta bienes, ni paz, ni felicidad.
El individuo anhela un cambio en su vida, piensa en hacerlo, siente que es lo que necesita pero no lo cristaliza en el plano material. Conclusión, ¿en qué ha cambiado? ¿Qué consecuencias acarrearon este derroche de ideas y emociones? Ninguna. Muchas personas quieren cambiar, hacer algo distinto, pasar página, se sienten atrapados, esperan a que pase algo, pero lo que trascurre es el tiempo, la vida, y las acciones no salen a la luz del día. Esto significa que el mañana es igual al ayer, todo está en la cabeza y el corazón, falta lo esencial: “La Acción”.
Es la -ética del tiempo-. El deber de actuar antes de que, en todo proceso potencialmente irreversible, se alcance una situación sin marcha atrás. 
En consecuencia, es necesario fomentar la capacidad de anticipación, de previsión, de acción a tiempo. No se trata tan sólo de conocer el tratamiento adecuado sino de aplicarlo oportunamente”. (El País. 1/12/07. Tribuna: Tiempo de acción. Federico Mayor Zaragoza)

Uno puede reflexionar sobre la idea del perfeccionamiento de su conducta, sus hábitos y costumbres, como una construcción psicológica que se fundamenta en los hechos. Para ello es necesario que uno cambie su forma de pensar y sentir en función de su propia experiencia objetiva, la cual brota de un interés verdadero por el estado de presencia. El esfuerzo por el estar “aquí y ahora” atrae la lucidez[7] sobre el instante y, como consecuencia, el descubrimiento. El verse a sí mismo tal cual es, tal cómo uno actúa, es aprehender directamente lo que uno requiere cambiar o no, según dicta su propia inteligencia y nobleza de espíritu. En todo caso, el cambio de un hábito, acción errónea,… requerirá necesariamente de una actitud e iniciativa diferente. Asimismo, a medida que se profundiza en una actuación recurrente descubrirá que ésta se fundamenta en una carencia o fragilidad de tipo psicológico: el pensar, el sentir el instinto o/y sexual.
   Por otro lado, esta característica psicológica: “El pensar y sentir sin acción, no mueve molinos”, adaptando un dicho popular, proporciona una clave elemental y fácil de aplicar en el momento de relativizar tanto el pensar como el sentir. El estudiante requiere meditar sobre esta evidencia, captar su utilidad práctica cuando asaltan pensamientos o emociones que por su naturaleza tienden a asumirse y provocan cierta inquietud, malestar o sufrimiento. ¿Por qué ocurre esto? El pensar y el sentir son una energía, en estos casos, que proviene del subconsciente a causa de su involuntariedad. Este fluyo vital de la inconsciencia posee su fuerza hipnótica, esta última es el poder del pensar y sentir. Su obvia y cabal debilidad estriba en lo observado anteriormente, si no se llevan a la acción, ¿En qué queda este poder? El pensar y sentir están aislados en el agujero negro de la disolución, si se dejan pasar, caer como hojas secas por la indiferencia, o se recurre a la técnica del cambio de centro[8]. Sólo si, uno los considera importantes, les otorga relevancia, es cuando ellos adquieren vigor. Sin embargo, sólo son pensamientos y sentimientos no implican consecuencias; Si el centro motor no se activa, éstos se agotan. La mente emite continuamente pensamientos, la mayoría de ellos, irrelevantes, ¿quien les confiere valor? Uno mismo, para ser más exactos, una parte de sí mismo. Sin embargo, reflexionando, nada tienen de valor por su propia naturaleza, son: Involuntarios, innobles, inútiles, inoportunos, incluso, hacen daño. ¿Qué impide relativizarlos? La clave para librarse de ellos es: “estar presentes a que estos no invadan la existencia”, no saldrán al mundo exterior porque no incitan actitudes inteligentes ni nobles. Esto ayudará al estudiante a convertirse en dueño de sus pensamientos y sentimientos. Sólo franquearán la barrera del obrar aquellos que uno discierne como dignos de ejecución en ese instante. En un estado de presencia, el pensamiento llega a la pantalla de la mente y se va, porque eso es lo que uno mismo decide. De este modo, el ser humano recupera su libre albedrío con respecto a su mundo interior.
“Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino”. (Gandhi)
   Cuando una persona quiere “llevar a cabo un proyecto”, ésta necesita visualizar su elaboración; Advertir donde y cuales son las resistencias u obstáculos a resolver; Determinar los pasos de la acción y llevarlos a la práctica. Este uso de la imaginación creadora es una clave del éxito en todos los ámbitos de la existencia.
Un individuo que anhela cambiar un hábito o una conducta que considera inadecuada requiere comprender la raíz o causa de su establecimiento en el organismo. Descubrir a través del estado de presencia u observación la base tanto intelectual como emocional que lo motiva. Captar que impedimentos se oponen al cambio, visualizar las etapas necesarias para sobrepasarlos y, finalmente, llevarlo a la acción. Es decir, producir los cambios imaginados según los hechos.
Cambiar sin la comprensión creadora es una transformación sin lucidez, sobre la base de la voluntad. Y un cambio, por ejemplo, el dejar de fumar, sin voluntad es una quimera.
La educación del centro motor.
Por lo expuesto anteriormente, la educación de este centro es esencial. El ser humano requiere evitar torpezas que son propias de la falta de atención, entrenamiento o experiencia en la acción. Asimismo, advertir la importancia del ejercicio físico. Reflexionar sobre el hecho de adoptar una vida sedentaria que acarreará problemas de locomoción con el tiempo trascurrido junto a un deterioro de la salud en general. Cuando, por alguna causa, no es posible practicar algún deporte o hacer footing, senderismo,… que implica una determinada fortaleza y brío en el esfuerzo. Uno puede recurrir al paseo suavizado, nadar, montar en bicicleta, la práctica de alguna disciplina como los ejercicios de lamasería, el yoga, el Tai Chi, etc.
La habilidad o aptitud en el desarrollo de una profesión sobreviene en el ejercicio de su práctica. Nadie nace con una habilidad[9] en un campo determinado, esto es producto del aprendizaje.
Un individuo tiene siempre la posibilidad de mejorar una habilidad o aprender una nueva, lo que hoy en día es muy común, aunque éste tenga cierta edad o alguna limitación por otro motivo. Por ejemplo: Conducir; Escribir sobre un teclado, manejar el ratón del ordenador; Aprender baile de salón; Usar herramientas en el desarrollo de su profesión; habilitarse manualmente en un empleo diferente al que uno aprendió; Labores domesticas: Práctica de jardinería, etc. La educación de este centro es un modelo de adaptación a la existencia. En esta época, a un adulto se le exige desarrollar diferentes labores que antes no cultivó.
Si un sujeto respeta y utiliza de modo equilibrado este centro sin agotar sus recursos vitales conservará la capacidad de “hacer por sí mismo” y su independencia. La educación de esta función implica aprender a trabajar en seguridad, para evitar riegos innecesarios que provoquen lesiones o accidentes. Su bien-uso tiene implicaciones éticas que se centran en la adquisición de valores humanos en la actitud y que cada acción se revista de elegancia y buen gusto. Por ejemplo, en el trato con los demás o en la ejecución responsable de la tareas que le son asignadas. El adiestramiento y uso coordinado de esta función conlleva desarrollar toda actividad evitando el esfuerzo o movimiento inútil que acarrea un gasto superfluo de energía. Esto es posible cuando la persona tiene la voluntad de aprender. Este centro está estrechamente ligado con la “voluntad”. Uno puede pensar mil veces levantarse de la cama, incluso sentirlo profundamente, pero si el centro motor se halla paralizado por la pereza, se seguirá en la cama por falta de ánimo.
Educar esta función es ejecutar lo que sensatamente uno piensa y siente y hacerlo convenientemente con la mayor precisión y celeridad posible, sea eficaz en la acción. Esto significa un estado de presencia sobre los movimientos, formas de hablar,… en el ámbito de las acciones y la conducta. Por ejemplo: Una persona puede dominar el manejo de un automóvil, sin embargo, tener el hábito de una conducción temeraria.
La formación de este centro es estar aquí y ahora a las actuaciones en la vida cotidiana y descubrir lo que no es ético o digno de los valores de humanidad. Un joven será un estupendo informático pero, quizás, no se relacione correctamente con sus amigos o desatienda a su novia. Estando ante su presencia se halla ausente y absorbido en sus programas de Solfware.
Muchas veces, el individuo no se halla en condiciones psicológicas de aprender por falta de “humildad y paciencia”. Estas dos virtudes se desarrollan al mismo tiempo que uno aprende una habilidad. El centro motriz es práctica, son movimientos y acciones que requieren coordinarse, por lo que se deben repetir muchas veces con atención y se registren, sean automáticos. La humildad es para escuchar y observar como un niño que anhela aprender de verdad y la paciencia es para hacerlo hasta conseguirlo. No olvidar que uno está aprendiendo. Por ejemplo, muchas personas conducen de forma errónea, porque desconocen algunos de sus matices. Sin embargo, se molestan cuando alguien les indican donde mejorar. Esto ocurre en todos los campos del saber y en todos los ámbitos de la vida: En el empleo, hogar, etc.
Un buen uso de la función motora alarga la vida de la locomoción, coordinación y flexibilidad de cuerpo del individuo.
El mal-uso y el abuso.
El mal-uso, el abuso del centro motor y la carencia de ejercicio diario atraen todos los problemas físicos que la Organización Mundial de la Salud previene desde hace años.
La insuficiente actividad física conlleva: Pérdida de masa y fuerza muscular[10], sistema circulatorio poco estimulado con los efectos que esto atrae[11], falta de oxigenación, imposibilidad de regulación natural del peso corporal y eliminación de grasas, problemas intestinales, etc. Si uno lleva una vida sedentaria, esta organización recomienda al menos treinta minutos de actividad física moderada por cinco días a la semana. Cuando un sujeto aspira adquirir un estado de forma o prepararse para una actividad particular, por ejemplo, hacer el camino de Santiago, se requiere hacerlo de forma progresiva. Uno empieza por recorrer diez kilómetros, después, doce, quince,… hasta que alcanza una media entre cinco y seis kilómetros a la hora en llano. La persona precisa racionalizar el ejercicio y no caminar durante todo un día o durante más de treinta kilómetros la primera vez y al día siguiente no poder moverse. Esto mismo sirve para correr, montar en bicicleta,…
En el caso del abuso o sobre-esfuerzos, éste genera, en principio, molestias y dolores, más tarde, debilidad, descoordinación y, finalmente, pérdida de movimientos. Estos se recuperan o no según la envergadura del daño producido. El abuso está a la raíz de muchas enfermedades profesionales. Por ejemplo: Secretarias que abusaron ante un teclado tuvieron que dejarlo por esta causa. Esto sucede en el mundo laboral donde se realizan esfuerzos repetitivos y extendidos en el tiempo. Algunas veces, el deterioro en los músculos, articulaciones, tendones,… y, en otras ocasiones, es el mismo sistema nervioso que es afectado, por lo que la recuperación es más compleja. Esto se evita si el estudiante es capaz de estar presente a las alertas que proporciona el cuerpo físico. Uno requiere conocer su organismo y aprender a escucharlo con atención. Recordar que abuso más malos hábitos es igual a enfermedad.
El sistema instintivo tiene la propiedad, tal como se verá en el próximo tema, de avisar cuando se produce un sobre-esfuerzo. Cuando uno no atiende, ni comprende los impulsos del instinto, la vida se complica debido a las consecuencias que acarrea este desconocimiento. Los abusos diarios se acumulan en el tiempo, si el sistema nervioso no se recupera convenientemente, las reservas vitales depositadas en el centro se agotan de modo progresivo. Esto acorta las capacidades motoras del individuo según éste avanza en edad. El paso del tiempo, no ayuda a la regeneración de células o neuronas. Este deterioro hace al individuo más vulnerable a enfermedades del grupo de trastornos neurológicos el cual destruye las neuronas motoras.
El establecimiento del equilibrio y bienestar integral a nivel físico-psíquico retrasa y afronta estos procesos naturales de la existencia en unas condiciones más saludables. Para ello es necesario por parte del individuo una atención y un esfuerzo en esta dirección que consiste en combinar sabiamente las energías que fluyen en el organismo.





[1] En un movimiento reflejo, un nervio sensorial envía una señal a la médula espinal, que a su vez activa las neuronas motoras ubicadas en ella para hacer frente a la amenaza. El cerebro sólo se involucra después de que ésta se ha evitado.
[2] Todo individuo sufre un deterioro natural de su organismo por el paso del tiempo y de su uso. Sin embargo, uno puede observar directamente que existen daños o maltratos al cuerpo, por ejemplo: Consumo excesivo de alcohol, inadecuada alimentación, abuso de medicación, falta de reposo o esfuerzos hasta el agotamiento,… Estas acciones precipitan o provocan una fragilidad orgánica que facilita la propensión a enfermedades.
[3] Proviene del latín “Habitus”, participio pasado del verbo haber que se traduce como “lo tenido”. Con el paso del tiempo se convirtió en aquello que uno lleva puesto, tanto en el sentido físico: Vestidura, como en el sentido psicológico: Lo adquirido y que se repite como un comportamiento recurrente.
[4] En la formación de un hábito o una costumbre no sólo participa el centro motor. Normalmente, su confección parte de la función intelectual que consideró en su momento que este proceder es el correcto y, asimismo, uno lo sintió de esta misma manera. Con el paso del tiempo, la acción se automatiza y uno llega a olvidar el porqué actúa y le gusta hacer algo de un modo determinado y no de otro.
[5] Igualmente, se incluye en esta referencia al móvil, a todas los nuevas fórmulas de comunicación existentes en la red: Facebook, Twistter, Whatsapp,…
     [6] La imitación y su importancia en el aprendizaje se comentará más adelante en el curso.
[7] Un estado de conciencia superior.
[8] El cambio de centro es una técnica que se profundizará en temas posteriores. Consiste en el hecho que si, en ese momento, uno carga pensamientos y sentimientos que hacen daño, lo sensato es hacer otra cosa, evitar el ensimismamiento y distraerse con una actividad que atrae la atención hacia ella misma. El objetivo es que los anteriores pierdan fuerza, se relativicen y, finalmente, se olviden. Por ejemplo: Salir con amigos, ir al cine y ver una película divertida; pasear, coger la bici; ir de compras.
[9] La atribución de los valores de inteligencia es innata. Esta se halla presente más o menos según el individuo y responden a principios internos de la naturaleza humana. De igual modo, ocurre en los diferentes cerebros. Existe inteligencia: Intelectual, emocional y motriz. Esto significa que un sujeto posee una gran habilidad para jugar al fútbol, ser una auténtica estrella. Otros muchos, se entrenan sin descanso, dedican con verdadera pasión, disponen de los mejores expertos, medios,… Sin embargo, no alcanzarán el nivel competitivo que exige estar en la élite de un deporte o disciplina artística, etc. Esto es debido a estos valores de inteligencia depositado en la genética de la persona. Asimismo, esta propiedad explica porque una persona puede ser muy competitivo en una disciplina que exige inteligencia motora y no disfrutar de sensatez para otro ámbito de la existencia. Por ejemplo, en la toma de decisiones, el respeto a los demás, la capacidad de discernimiento, etc.
[10] Atrofia muscular.
[11] Debilidad cardiaca.